¿Hubo alguien en tu linaje que recuerdes que se pasaba la vida limpiando?
Quizá una abuela, una madre, una tía… Alguien para quien la casa nunca parecía estar suficientemente limpia. Terminaba una habitación y empezaba otra. Limpiaba sobre limpio. Ordenaba constantemente. Y probablemente en la familia aquello se explicaba con una frase sencilla:
«Siempre ha sido así.»
«Tiene la manía de limpiar.»
En mi familia también ocurrió. Fue precisamente observar esta conducta y verla repetirse lo que despertó mi curiosidad y me llevó a investigar simbólicamente qué era eso. Porque cuando estudiamos nuestro árbol no solo podemos fijarnos en nombres, fechas o acontecimientos importantes. También podemos observar cómo se comportaban las personas que formaron parte de él.
Nuestros antepasados hacían cosas. Limpiaban, ordenaban, acumulaban, guardaban, tiraban, reparaban… y muchas veces repetían determinados comportamientos durante años sin que nadie se preguntara demasiado por qué.
Desde la mirada terapéutica de la biodescodificación y el estudio de los patrones familiares, estos comportamientos también pueden convertirse en pistas.
Muchas veces hacemos cosas sin comprender del todo por qué necesitamos hacerlas precisamente en ese momento. Nuestro comportamiento también habla de nosotros y puede mostrarnos procesos que internamente ya han comenzado, aunque nuestra parte consciente todavía no los haya entendido.
Y quizá la limpieza sea una de las formas más básicas de comprender la transmutación.
Transmutar es transformar.
Cuando conseguimos transformar una experiencia dolorosa en aprendizaje, estamos transmutando. Cuando somos capaces de darle la vuelta a un mal día cambiando nuestros pensamientos y nuestra manera de vivir aquello que ha ocurrido, también estamos transformando nuestro estado interno.
A veces lo hacemos conscientemente.
Otras veces empezamos a transformar mucho antes de saber qué estamos intentando cambiar.
Y si lo pensamos, limpiar también es transformar.
Cogemos algo que percibimos como sucio y lo convertimos en limpio. Retiramos aquello que sobra, eliminamos una mancha, despejamos, ordenamos y protegemos un espacio.
Pero aquí aparece para mí algo todavía más interesante.
No estamos limpiando cualquier espacio. Estamos limpiando el hogar.
Y simbólicamente el hogar representa mucho más que cuatro paredes. Es nuestro territorio familiar. Es el lugar donde convive el clan, donde suceden las relaciones, donde cada uno ocupa un lugar y donde transcurre una parte enorme de nuestra historia.
Cada uno de nosotros puede transformar su propia vida. Podemos cambiar nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra manera de enfrentarnos a aquello que hemos vivido.
Pero transformar aquello que pertenece a todo un sistema familiar es mucho más complejo.
Y entonces empecé a mirar de otra manera a aquellas mujeres que pasaron buena parte de su vida limpiando y ordenando una casa.
Quizá muchas de nuestras abuelas fueron, sin saberlo, alquimistas de lo cotidiano.
No hablaban de transmutar energía, sanar patrones o liberar memorias del árbol. Probablemente muchas ni siquiera tuvieron la posibilidad de preguntarse qué heridas arrastraba su familia.
Pero limpiaban.
Y desde una mirada simbólica, limpiar es transformar.
Quitaban aquello que ensuciaba. Borraban manchas. Ordenaban lo que estaba desordenado. Protegían el territorio que habitaba la familia.
¿Y cuál era su territorio?
La casa. El hogar. El clan.
Quizá por eso resulta tan interesante observar a aquellas mujeres que limpiaban de una manera casi incansable.
Tal vez estaban haciendo físicamente aquello que no sabían cómo hacer de otra manera: intentar transformar lo que dolía dentro de la familia.
Eran, simbólicamente, alquimistas del dolor familiar.
Mientras fregaban, ordenaban, sacudían o abrían las ventanas, actuaban sobre uno de los territorios sobre los que podían intervenir directamente: su hogar.
Quizá no podían cambiar determinadas historias. Quizá no podían hablar de ellas. Algunas ni siquiera podían cuestionarlas. Pero podían limpiar, ordenar y proteger el espacio que contenía a todos.
Y esto abre una mirada diferente sobre determinados comportamientos que después vemos repetirse dentro de una familia.
Tal vez no se transmite únicamente la costumbre de limpiar.
Quizá también se transmiten formas de responder a aquello que el clan no ha conseguido resolver.
Hoy tenemos otras herramientas. Podemos observar un patrón, preguntarnos de dónde viene, comprender nuestras emociones, cambiar determinadas maneras de relacionarnos y transformar conscientemente aquello que no queremos continuar repitiendo.
Pero el inconsciente sigue expresándose.
Por eso observar cómo nos comportamos también puede ayudarnos a escuchar aquello que todavía no hemos conseguido poner en palabras.
Si llevas una temporada sintiendo una necesidad especialmente intensa de limpiar, ordenar, vaciar o transformar tu espacio, quizá antes de buscar una explicación puedas hacerte una pregunta muy sencilla:
¿Por qué necesito hacer esto precisamente ahora?
No se trata de interpretar cada gesto ni de convertir la biodescodificación en un diccionario de símbolos. Se trata de observar qué está sucediendo en tu vida mientras aparece esa necesidad y qué emoción la acompaña.
Y si además reconoces ese comportamiento en otras generaciones de tu familia, quizá tengas delante una pista todavía más interesante.
Porque nuestros antepasados no siempre podían explicarnos lo que les ocurría.
Pero hacían cosas.
Y repetían cosas.
A veces generación tras generación.
Observar esos comportamientos puede ayudarnos a comprender no solamente qué hicieron, sino qué intentaban resolver a través de aquello que hacían.
Quizá muchas de nuestras abuelas no sabían que estaban intentando transformar nada.
Quizá simplemente limpiaban.
Pero tenían agua.
Tenían sus manos.
Y tenían una casa que representaba a todos.
Tal vez por eso algunas limpiaban una y otra vez.
No porque la casa continuara sucia.
Quizá porque aquello que intentaban limpiar no estaba en el suelo.

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