jueves, 24 de septiembre de 2026

Escribir lo que durante demasiado tiempo permaneció dentro


Durante mucho tiempo no supe que escribir podía formar parte de un proceso de sanación. Solo sabía que necesitaba hacerlo.

Hubo un momento en mi vida en el que escribir dejó de ser una elección y se convirtió casi en una necesidad. Necesitaba plasmar lo que estaba viviendo, recuperar recuerdos, ordenar pensamientos, escribir preguntas aunque no tuviera respuestas. Pero, sobre todo, necesitaba sacar el dolor. Vaciarlo. Soltarlo.

Había cosas que podía haber explicado hablando y, sin embargo, no era lo mismo. Cuando escribía ocurría algo diferente. Las palabras salían de mí y quedaban delante de mis ojos. Estaban fuera y las podía llorar. Y podía continuar.


Al principio ni siquiera necesitaba comprenderlas. Mucho menos escribir algo bonito. Había días en los que escribía desde la rabia, otros desde el dolor, otros desde una necesidad desesperada de encontrar sentido. Algunas páginas eran ordenadas y otras puro caos.
Pero cada vez que conseguía poner fuera algo que llevaba demasiado tiempo dentro, sentía que dejaba un poco de peso sobre el papel.
Y con el tiempo sucedió algo más profundo. Empecé a distinguir lo que había ocurrido de lo que me habían contado que había ocurrido.
Lo que sentía de lo que había aprendido que debía sentir.
La culpa que realmente me correspondía de aquella que había cargado sin pertenecerme.
Mi voz de las voces de los demás.
Y entonces comprendí que escribir no estaba cambiando el pasado.
Estaba cambiando el lugar que el pasado ocupaba dentro de mí.
No podía borrar determinadas experiencias. Tampoco necesitaba hacerlo. Pero podía dejar de vivirlas únicamente desde dentro y comenzar a observarlas desde fuera.
Podía decir: esto ocurrió, esto me dolió, esto hice para sobrevivir, esto pensé durante años y esto comprendo ahora.
Y cada palabra parecía devolverme una pequeña parte de mí.
Por eso, cuando después conocí las investigaciones del psicólogo Pennebaker, algo dentro de mí hizo clic.
Pennebaker llevaba décadas estudiando precisamente la relación entre escritura y procesamiento de experiencias emocionalmente difíciles como traumas.
En algunos de sus experimentos pidió a los participantes algo extraordinariamente sencillo: durante aproximadamente veinte minutos y varios días consecutivos debían escribir sobre experiencias profundamente emocionales, expresando libremente sus pensamientos y sentimientos.
No tenían que escribir bien ni tenían que construir un relato perfecto, ni siquiera tenían que enseñárselo a nadie.
Tenían que escribir.
Sus investigaciones sobre lo que posteriormente conoceríamos como escritura expresiva mostraron que, en determinadas personas y circunstancias, poner en palabras experiencias emocionalmente significativas podía favorecer su procesamiento psicológico. Estudios posteriores han encontrado resultados diversos —no es una fórmula universal ni sustituye la ayuda terapéutica cuando es necesaria—, pero aquella línea de investigación abrió una pregunta fascinante:
¿Qué sucede cuando conseguimos transformar en lenguaje aquello que durante mucho tiempo solo hemos podido sentir?
Cuando descubrí esto comprendí que llevaba mucho tiempo haciendo intuitivamente algo parecido por necesidad.
Yo no había empezado a escribir porque conociera sus investigaciones.
Había empezado porque mi cuerpo me lo pedía.
Necesitaba dejar de transportar dentro determinadas experiencias de la misma manera.
Y quizá por eso hay algo de sus investigaciones que me interesa incluso más que la propia escritura: el silencio.
Porque entonces la pregunta se vuelve mucho más grande.
¿Qué ocurre con todo aquello que nunca se dice?
¿Qué sucede con las familias en las que durante generaciones se aprende que determinadas cosas no se cuentan?
Familias en las que se oculta.
Se minimiza.
Se cambia de tema.
Se protege el secreto.
Se aprende a continuar como si nada hubiera sucedido.
Nuestros abuelos y bisabuelos pertenecieron además a generaciones en las que sobrevivir significaba muchas veces callar y seguir adelante.
No siempre existían espacios donde hablar del dolor. Tampoco existía el lenguaje psicológico que tenemos actualmente para nombrar determinadas experiencias.
Había pérdidas que no se elaboraban.
Violencias que no se nombraban.
Hijos de los que no se hablaba.
Abandonos que se convertían en secretos.
Mujeres que soportaban.
Hombres a quienes se enseñaba que llorar era una debilidad.
Niños que aprendían muy pronto que había preguntas que era mejor no hacer.
Y la vida continuaba.
Pero que algo no se nombre no significa que deje de tener consecuencias.
Hoy sabemos que las experiencias familiares pueden transmitirse entre generaciones por muchas vías perfectamente observables: estilos de apego y crianza, miedo aprendido, silencios, formas de relacionarse, creencias, roles familiares, maneras de afrontar el estrés y relatos —o ausencia de relatos— acerca de lo sucedido. La investigación sobre posibles mecanismos biológicos intergeneracionales continúa, y conviene no convertirla únicamente en la idea simplista de que heredamos literalmente todos los recuerdos traumáticos de nuestros antepasados.
Pero quizá ni siquiera necesitamos llegar tan lejos para comprender algo fundamental:
lo que una generación no puede expresar puede condicionar la manera en que educa a la siguiente y eso pesa mucho!
Y esa siguiente generación puede aprender a cargar con algo cuyo origen desconoce.
Tal vez por eso algunas familias arrastran dolores que nadie sabe explicar.
No porque exista necesariamente un misterio invisible, sino porque se conocen las consecuencias pero se ha perdido la historia que las originó porque alguien calló.
Y el siguiente aprendió a no preguntar. El siguiente heredó una forma de protegerse.
Y varias generaciones después alguien siente miedo, culpa, vergüenza, abandono o la obligación de sostener a todos sin saber exactamente dónde comenzó aquello.
Hasta que alguien pregunta.
Hasta que alguien habla.
Hasta que alguien escribe.
Quizá escribir no sirva solamente para contar lo que sabemos.
A veces escribimos precisamente para descubrir qué llevamos dentro.
Y eso es lo que la escritura ha significado para mí.
No escribo para quedarme atrapada en el dolor.
Escribo para atravesarlo.
Para separar lo mío de lo que quizá llevaba demasiado tiempo cargando.
Para devolver palabras a lugares donde hubo silencio.
Para poder mirar mi historia sin que mi historia tenga que seguir viviendo permanentemente dentro de mi cuerpo.
Porque callar pudo ser la manera que encontraron otras personas o generaciones para sobrevivir.
Pero nosotros no estamos obligados a seguir sobreviviendo de la misma manera.
Hay historias que comenzaron mucho antes que nosotros y que quizá nunca podremos reconstruir completamente.
Pero podemos decidir qué hacemos con aquello que llegó hasta nuestras manos.
Podemos hablar, preguntar, nombrar y podemos escribir.
Y quizá sanar no consista en borrar lo sucedido ni en conseguir que deje de doler para siempre.
Quizá, algunas veces, sanar comienza exactamente ahí:

cuando aquello que durante generaciones solo pudo ser oscuridad y silencio encuentra, por fin, palabras y libertad.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Gracias Mamá!


Gracias, mamá, por el trauma que nació cuando yo apenas tenía cuatro años y por todo el beneficio que sacaste después.
Gracias, mamá, por ocultarme durante toda mi vida quién era mi padre biológico.
Gracias, mamá, por no protegerme cuando se cruzaron límites que jamás deberían haberse cruzado con una niña en casa.
Gracias, mamá, porque hoy tengo que preguntarme qué ocurrió con el dinero que pudo haber estado destinado a mis estudios y por qué yo nunca pude disponer de él.
Gracias, mamá, por pasarte la vida poniendo palos en mis ruedas y haciendo que tantas cosas fueran mucho más difíciles de lo que ya eran.
Gracias, mamá, por no saber escucharme.
Gracias, mamá, por intentar manipularme, moldearme y adoctrinarme en lugar de acompañarme mientras descubría quién era.
Gracias, mamá, por hablar mal de mí.
Gracias mamá por obligarme, sin proponértelo, a aprender a escucharme cuando tú no lo hacías. A creerme cuando tú me hacías dudar. A buscar respuestas cuando tú guardabas silencios. A levantarme cada vez que encontraba otro palo entre mis ruedas.

Gracias, mamá, por no hacer de mamá. 

No te doy las gracias porque aquello estuviera bien.
Te las doy porque ya no puedes decidir qué hago yo con todo aquello.
Y he decidido transformarlo.

Aun así, te perdono.
Aunque te quiera muy lejos de mi familia.






jueves, 17 de septiembre de 2026

¿LA REALIDAD SIEMPRE SUPERA LA FICCIÓN?

 Hoy me he quedado pensando en esta frase...
  La realidad siempre supera la ficción.

La hemos escuchado tantas veces que casi hemos dejado de preguntarnos qué significa realmente.

Y hoy quiero compartir contigo hasta dónde me ha llevado a mí.

La ficción nace de nuestra imaginación. Pero nuestra imaginación, por inmensa que pueda parecernos, está condicionada por una mente, una experiencia, una época y una determinada manera de percibir el mundo.

La realidad, en cambio, contiene millones de vidas, decisiones, circunstancias y posibilidades que ninguna mente individual puede abarcar al mismo tiempo. Quizá por eso consigue sorprendernos.

Pero hay algo más...

Siempre hemos asociado imaginación con aquello que no es real. Y yo no tengo tan claro que necesariamente tenga que ser así. No estoy hablando de imaginar algo y conseguir materializarlo.

Voy un poco más allá.

Durante siglos el ser humano imaginó otros mundos sin saber siquiera que existían planetas alrededor de otras estrellas. Hoy sabemos que existen. Si algún día descubriéramos vida inteligente en uno de ellos, esa vida no habría comenzado a existir cuando nosotros la encontráramos.

Ya estaba allí. Nosotros simplemente no lo sabíamos.

Y entonces empiezo a preguntarme si el verdadero límite está en la realidad o en nuestra capacidad para percibirla.

Nuestros sentidos ni siquiera captan todo aquello que sabemos que existe. Hemos tenido que inventar instrumentos capaces de mostrarnos una parte del mundo que nuestro cuerpo, por sí solo, no puede percibir.

Por eso cada vez me cuesta más confundir lo que puedo percibir con todo lo que existe.

Y siempre termino pensando en la peli de El show de Truman.

Truman vivía en una realidad que para él lo era todo. Su casa, sus calles, el mar, las personas...

Todo aquello era real. Su error no era vivir en algo inexistente. Era creer que aquello era toda la realidad. Hasta que encontró el límite. Y detrás había algo que había existido siempre, aunque él no pudiera verlo.

Quizá nosotros también observamos la existencia desde una pequeña ventana.

Y este pensamiento conecta con otra pregunta que me acompaña desde hace tiempo y del que he hablado en otras ocasiones: la conciencia de los animales.

Nunca he terminado de entender por qué damos por hecho que, si existe algo que llamamos alma, la experiencia humana debería ocupar necesariamente un lugar superior.

Un perro percibe una realidad que yo jamás podré experimentar como él.

Quizá no existan experiencias superiores o inferiores.

Quizá existan simplemente formas diferentes de experimentar la vida.

Y desde ahí mi manera de pensar en la reencarnación también cambia.

Cada vez me interesa menos entenderla como una escalera en la que venimos vida tras vida a superar niveles. Me interesa mucho más otra posibilidad:

venir a experimentar.

Si existe aquello que yo llamo Fuente —y que otros llamarán Dios, Universo o Conciencia—, pienso en cada vida como una perspectiva diferente de una misma existencia.

Cada ser aporta una mirada. Cada época, otra. Cada forma de conciencia, otra.

Y quizá la Fuente contenga todas las posibilidades, pero la vida sea aquello que convierte esas posibilidades en experiencia. Porque una cosa es conocer algo. Y otra muy distinta vivirlo.

Desde ahí también entiendo de otra manera la conciencia colectiva.

Jung habló del inconsciente colectivo y de esas estructuras profundas que parecen atravesar la experiencia humana. Pero Jung pensaba desde su momento de la historia. Nosotros pensamos desde otro.

Y me pregunto si la conciencia colectiva no será solamente algo que recibimos de quienes estuvieron antes. Quizá también sea algo que seguimos construyendo nosotros cada vez que aportamos una nueva experiencia de nuestra existencia.

Cada generación experimenta cosas que las anteriores no experimentaron. Cada descubrimiento incorpora información. Cada vida añade una perspectiva. Por eso últimamente pienso que quizá la conciencia colectiva no sea una biblioteca terminada a la que acudimos buscando respuestas. Quizá sea una biblioteca que todos seguimos escribiendo y actualizando mientras vivimos.

Y entonces aparecen las experiencias que todavía no sabemos explicar.

Personas de épocas y culturas diferentes describiendo determinados estados místicos, símbolos o percepciones sorprendentemente semejantes. Podemos pensar que se debe a que compartimos una misma arquitectura cerebral. Es perfectamente posible. Pero yo no puedo evitar hacerme esta pregunta:

¿y si algunas veces distintas conciencias estuvieran accediendo a una misma dimensión de información?

No sé la respuesta.  Y precisamente por eso me interesa la pregunta.

Porque quizá la imaginación sea únicamente nuestra extraordinaria capacidad para crear aquello que no existe. Pero también me permito pensar que, algunas veces, podría ser el lugar desde donde intuimos aquello que todavía no somos capaces de percibir o probar.

Y entonces vuelvo al lugar donde empezó todo:

¿La realidad siempre supera la ficción? Ahora entiendo la frase de otra manera.

Quizá la realidad pueda superar nuestra imaginación simplemente porque ninguna mente individual puede contener la totalidad de aquello que existe.

Vemos una parte. Experimentamos una parte. Comprendemos una parte. Y durante un tiempo creemos que nuestra ventana es todo el paisaje. Hasta que algo nos obliga a mirar un poco más lejos.

Y entonces aparece para mí la gran contradicción:

si realmente somos una pequeña expresión de algo muchísimo mayor...

¿cómo pretendemos comprender completamente aquello de lo que formamos parte?

Quizá no podamos.

Y mira dónde he terminado después de empezar preguntándome por una simple frase.

He pasado por la imaginación, la realidad, la conciencia, los animales, la reencarnación, Jung, la Fuente...

para acabar llegando al lugar que menos esperaba.

A la fe.

Porque vivir significa avanzar sin conocer el mapa completo. 

Tomar decisiones sin saber exactamente adónde conducirán. 

Amar sin garantías. Perder sin comprender siempre por qué.

Seguir caminando sin saber qué habrá detrás de la siguiente puerta.

Si dispusiéramos de toda la información, no necesitaríamos fe.

Solo necesitaríamos saber.

Pero quizá no estamos aquí para saberlo todo.

Quizá estamos aquí para vivirlo y experimentanrlo.

Y para aportar nuestra pequeña perspectiva a algo infinitamente mayor.

Y así, después de darle tantas vueltas intentando comprenderlo todo, termino regresando exactamente al mismo lugar.

La Fuente, Dios, el Universo... llámalo como quieras, siempre cierra el círculo a su favor.

¿Por qué?

Porque después de intentar comprender qué es real, qué existe más allá de lo que percibimos, de dónde procede nuestra conciencia o qué sentido tiene estar aquí, termino comprendiendo algo mucho más sencillo:

no hemos venido con todas las respuestas.

Y quizá nunca debimos tenerlas.

Porque si conociéramos el mapa completo, si supiéramos qué hay detrás de cada puerta, esto dejaría de ser una experiencia  y sería simplemente un recorrido conocido de antemano. Y entonces ya no necesitaríamos confiar, no necesitaríamos soltar el control, ni necesitaríamos tener fe. Quizá ahí estaba la respuesta escondida desde el principio.

La vida no nos pide que comprendamos todo lo que existe. Nos pide que vivamos nuestra parte. Que confiemos en nosotros cuando no podemos ver más allá. Que aceptemos que nuestra ventana no contiene todo el paisaje. Y que sigamos caminando aun sin conocer el mapa completo.

Porque solamente cuando confías en ti puedes dejar de exigirle certezas a la vida.

Y cuando lo haces...aparece la fe.

No la fe de saber que todo saldrá como tu quieres. La fe de saber que, ocurra lo que ocurra, seguirás formando parte de algo mucho más grande de lo que hoy eres capaz de comprender.

Quizá de eso se trataba todo. De vivir. De experimentar. De aportar nuestra pequeña parte.

Y después devolverla a aquello de donde vino.

La Fuente, Dios, el Universo... llámalo como quieras.

Al final siempre consigue llevarme al mismo lugar:

confía, suelta y vive la experiencia que has venido a vivir..


El Valle de Antón, Panamá




lunes, 14 de septiembre de 2026

¿Qué intentamos limpiar cuando limpiamos?

 ¿Hubo alguien en tu linaje que recuerdes que se pasaba la vida limpiando?

Quizá una abuela, una madre, una tía… Alguien para quien la casa nunca parecía estar suficientemente limpia. Terminaba una habitación y empezaba otra. Limpiaba sobre limpio. Ordenaba constantemente. Y probablemente en la familia aquello se explicaba con una frase sencilla:

«Siempre ha sido así.»
«Tiene la manía de limpiar.»

En mi familia también ocurrió. Fue precisamente observar esta conducta y verla repetirse lo que despertó mi curiosidad y me llevó a investigar simbólicamente qué era eso. Porque cuando estudiamos nuestro árbol no solo podemos fijarnos en nombres, fechas o acontecimientos importantes. También podemos observar cómo se comportaban las personas que formaron parte de él.

Nuestros antepasados hacían cosas. Limpiaban, ordenaban, acumulaban, guardaban, tiraban, reparaban… y muchas veces repetían determinados comportamientos durante años sin que nadie se preguntara demasiado por qué.

Desde la mirada terapéutica de la biodescodificación y el estudio de los patrones familiares, estos comportamientos también pueden convertirse en pistas.

Muchas veces hacemos cosas sin comprender del todo por qué necesitamos hacerlas precisamente en ese momento. Nuestro comportamiento también habla de nosotros y puede mostrarnos procesos que internamente ya han comenzado, aunque nuestra parte consciente todavía no los haya entendido.

Y quizá la limpieza sea una de las formas más básicas de comprender la transmutación.

Transmutar es transformar.

Cuando conseguimos transformar una experiencia dolorosa en aprendizaje, estamos transmutando. Cuando somos capaces de darle la vuelta a un mal día cambiando nuestros pensamientos y nuestra manera de vivir aquello que ha ocurrido, también estamos transformando nuestro estado interno.

A veces lo hacemos conscientemente.

Otras veces empezamos a transformar mucho antes de saber qué estamos intentando cambiar.

Y si lo pensamos, limpiar también es transformar.

Cogemos algo que percibimos como sucio y lo convertimos en limpio. Retiramos aquello que sobra, eliminamos una mancha, despejamos, ordenamos y protegemos un espacio.

Pero aquí aparece para mí algo todavía más interesante.

No estamos limpiando cualquier espacio. Estamos limpiando el hogar.

Y simbólicamente el hogar representa mucho más que cuatro paredes. Es nuestro territorio familiar. Es el lugar donde convive el clan, donde suceden las relaciones, donde cada uno ocupa un lugar y donde transcurre una parte enorme de nuestra historia.

Cada uno de nosotros puede transformar su propia vida. Podemos cambiar nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra manera de enfrentarnos a aquello que hemos vivido.

Pero transformar aquello que pertenece a todo un sistema familiar es mucho más complejo.

Y entonces empecé a mirar de otra manera a aquellas mujeres que pasaron buena parte de su vida limpiando y ordenando una casa.

Quizá muchas de nuestras abuelas fueron, sin saberlo, alquimistas de lo cotidiano.

No hablaban de transmutar energía, sanar patrones o liberar memorias del árbol. Probablemente muchas ni siquiera tuvieron la posibilidad de preguntarse qué heridas arrastraba su familia.

Pero limpiaban.

Y desde una mirada simbólica, limpiar es transformar.

Quitaban aquello que ensuciaba. Borraban manchas. Ordenaban lo que estaba desordenado. Protegían el territorio que habitaba la familia.

¿Y cuál era su territorio?

La casa. El hogar. El clan.

Quizá por eso resulta tan interesante observar a aquellas mujeres que limpiaban de una manera casi incansable.

Tal vez estaban haciendo físicamente aquello que no sabían cómo hacer de otra manera: intentar transformar lo que dolía dentro de la familia.

Eran, simbólicamente, alquimistas del dolor familiar.

Mientras fregaban, ordenaban, sacudían o abrían las ventanas, actuaban sobre uno de los territorios sobre los que podían intervenir directamente: su hogar.

Quizá no podían cambiar determinadas historias. Quizá no podían hablar de ellas. Algunas ni siquiera podían cuestionarlas. Pero podían limpiar, ordenar y proteger el espacio que contenía a todos.

Y esto abre una mirada diferente sobre determinados comportamientos que después vemos repetirse dentro de una familia.

Tal vez no se transmite únicamente la costumbre de limpiar.

Quizá también se transmiten formas de responder a aquello que el clan no ha conseguido resolver.

Hoy tenemos otras herramientas. Podemos observar un patrón, preguntarnos de dónde viene, comprender nuestras emociones, cambiar determinadas maneras de relacionarnos y transformar conscientemente aquello que no queremos continuar repitiendo.

Pero el inconsciente sigue expresándose.

Por eso observar cómo nos comportamos también puede ayudarnos a escuchar aquello que todavía no hemos conseguido poner en palabras.

Si llevas una temporada sintiendo una necesidad especialmente intensa de limpiar, ordenar, vaciar o transformar tu espacio, quizá antes de buscar una explicación puedas hacerte una pregunta muy sencilla:

¿Por qué necesito hacer esto precisamente ahora?

No se trata de interpretar cada gesto ni de convertir la biodescodificación en un diccionario de símbolos. Se trata de observar qué está sucediendo en tu vida mientras aparece esa necesidad y qué emoción la acompaña.

Y si además reconoces ese comportamiento en otras generaciones de tu familia, quizá tengas delante una pista todavía más interesante.

Porque nuestros antepasados no siempre podían explicarnos lo que les ocurría.

Pero hacían cosas.

Y repetían cosas.

A veces generación tras generación.

Observar esos comportamientos puede ayudarnos a comprender no solamente qué hicieron, sino qué intentaban resolver a través de aquello que hacían.

Quizá muchas de nuestras abuelas no sabían que estaban intentando transformar nada.

Quizá simplemente limpiaban.

Pero tenían agua.

Tenían sus manos.

Y tenían una casa que representaba a todos.

Tal vez por eso algunas limpiaban una y otra vez.

No porque la casa continuara sucia.

Quizá porque aquello que intentaban limpiar no estaba en el suelo.








Escribir lo que durante demasiado tiempo permaneció dentro

Durante mucho tiempo no supe que escribir podía formar parte de un proceso de sanación. Solo sabía que necesitaba hacerlo. Hubo un momento e...