Los que me leéis sabéis que me gusta utilizar metáforas para explicar conceptos que, a veces, pueden resultar más densos. Hoy voy a usar algo muy sencillo: una piedra y el agua… para hablar del karma.
Imagina que estás frente a un lago completamente en calma. El agua está quieta, en equilibrio, sin perturbaciones. Ahora imagina que tiras una piedra. En ese instante no ocurre solo un impacto puntual, sino que se generan ondas que se expanden, que se mueven, que recorren toda la superficie y que, en muchos casos, incluso regresan. El agua no juzga la piedra, no decide si estuvo bien o mal, simplemente responde según su naturaleza. Cuanto más pesa la piedra, mayor es su onda. Eso es a lo que llamamos “karma”. No es un castigo ni una recompensa, es el movimiento energético que se genera a partir de una acción. La piedra es la acción, pero el karma no está en la piedra, está en la onda que sigue viva, en ese movimiento que continúa más allá del instante inicial. Cada pensamiento, cada emoción, cada palabra, cada decisión es como lanzar una piedra, y cada una de ellas genera una vibración, una onda, una energía en movimiento que no desaparece de inmediato, sino que se expande, interactúa y sigue activa durante un tiempo, influyendo en situaciones, personas y circunstancias.
Por eso muchas veces no entendemos lo que vivimos, porque no estamos viendo la piedra original que cayó, sino las ondas que siguen moviéndose.
El karma no es algo místico ni lejano como muchos nos hacen creer, se manifiesta en lo cotidiano, en relaciones que repiten el mismo patrón, en situaciones que cambian de forma pero no de fondo, en emociones que aparecen sin saber muy bien por qué. No es que la vida nos esté castigando, es que hay una acción que ha creado un movimiento que aún no ha encontrado equilibrio. Y aquí es donde aparece otra parte que pocas veces se explica: lo que llaman dharma. Si el karma son las ondas que se han generado a través de una acción, el dharma es el momento en el que te das cuenta de que puedes elegir no interactuar con esa onda.
Sería como la conciencia. Es dejar de actuar en automático. No se trata de hacerlo bien o mal, ni de convertirte en alguien perfecto, sino de empezar a actuar desde un lugar más coherente, más presente, con un nivel de conciencia más elevado. En ese punto, dejas de lanzar las mismas piedras de siempre y también de reaccionar de la misma manera a las ondas que ya existen. Es como si aprendieras a moverte de otra forma dentro del agua, sin quedar atrapado constantemente en el mismo movimiento.
Y entonces surge otra pregunta importante: ¿por qué a veces sentimos que vivimos el karma de otros? Siguiendo con la metáfora, no eres la única persona en el lago. Hay muchas más. Cada una lanza sus propias piedras, y todas esas ondas se cruzan, se mezclan, se amplifican. Puede que tú no hayas lanzado esa piedra, pero si estás dentro del agua, esas ondas pueden alcanzarte. Ahora bien, no afectan a todo el mundo por igual. Depende de dónde estás, de cómo estás y de lo que ya hay en tu propio movimiento interno. Si el agua en ti ya estaba agitada (hablamos de tu fuero interno), la onda se amplifica. Si estás en calma, pasa y se disuelve antes. Por eso no se trata de culpa ni de castigo, sino de resonancia. Lo que el otro genera puede tocar algo en ti que ya estaba activo, y ahí es donde se produce el verdadero impacto.
El karma, entonces, no es algo que tengas que pagar, es movimiento que busca equilibrio. El dharma no se obtiene por hacer siempre las cosas bien, es tomar conciencia de ese movimiento y empezar a elegir de otra manera. Y la vida no es un espacio aislado, es un lago compartido donde todas las ondas conviven. Comprender esto cambia completamente la mirada, porque dejas de sentirte víctima de lo que ocurre y empiezas a ver qué lugar ocupas dentro de ese movimiento. Y quizá la pregunta ya no sea qué karma tengo o por qué me pasa esto, sino algo mucho más profundo: qué tipo de ondas estoy generando, cuáles sigo alimentando sin darme cuenta y desde dónde estoy eligiendo moverme dentro de este lago que compartimos.
Y es ahí donde aparece una clave esencial: A mayor conciencia, menos karma… porque dejas de generar lo que luego te arrastra. No porque deje de existir el movimiento, sino porque dejas de actuar en automático, de repetir las mismas acciones y de alimentar las mismas ondas una y otra vez. Incluso dejas de sostener o permanecer cerca de personas y dinámicas que amplifican esas ondas y que, en el fondo, te desestabilizan.
Cuanto más consciente eres, más eliges, y cuanto más eliges, menos inercia generas. Y en ese punto, el agua empieza a recuperar su calma.
*Y ahora que todo esto cobra sentido, me viene una imagen muy clara. Cuando Bruce Lee decía “Be water, my friend”, quizá estaba señalando justo esto: aprender a moverte dentro de las ondas sin quedar atrapado en ellas.

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