Durante mucho tiempo no supe que escribir podía formar parte de un proceso de sanación. Solo sabía que necesitaba hacerlo.
Hubo un momento en mi vida en el que escribir dejó de ser una elección y se convirtió casi en una necesidad. Necesitaba plasmar lo que estaba viviendo, recuperar recuerdos, ordenar pensamientos, escribir preguntas aunque no tuviera respuestas. Pero, sobre todo, necesitaba sacar el dolor. Vaciarlo. Soltarlo.
Había cosas que podía haber explicado hablando y, sin embargo, no era lo mismo. Cuando escribía ocurría algo diferente. Las palabras salían de mí y quedaban delante de mis ojos. Estaban fuera y las podía llorar. Y podía continuar.
Al principio ni siquiera necesitaba comprenderlas. Mucho menos escribir algo bonito. Había días en los que escribía desde la rabia, otros desde el dolor, otros desde una necesidad desesperada de encontrar sentido. Algunas páginas eran ordenadas y otras puro caos.
Pero cada vez que conseguía poner fuera algo que llevaba demasiado tiempo dentro, sentía que dejaba un poco de peso sobre el papel.
Y con el tiempo sucedió algo más profundo. Empecé a distinguir lo que había ocurrido de lo que me habían contado que había ocurrido.
Lo que sentía de lo que había aprendido que debía sentir.
La culpa que realmente me correspondía de aquella que había cargado sin pertenecerme.
Mi voz de las voces de los demás.
Y entonces comprendí que escribir no estaba cambiando el pasado.
Estaba cambiando el lugar que el pasado ocupaba dentro de mí.
No podía borrar determinadas experiencias. Tampoco necesitaba hacerlo. Pero podía dejar de vivirlas únicamente desde dentro y comenzar a observarlas desde fuera.
Podía decir: esto ocurrió, esto me dolió, esto hice para sobrevivir, esto pensé durante años y esto comprendo ahora.
Y cada palabra parecía devolverme una pequeña parte de mí.
Por eso, cuando después conocí las investigaciones del psicólogo Pennebaker, algo dentro de mí hizo clic.
Pennebaker llevaba décadas estudiando precisamente la relación entre escritura y procesamiento de experiencias emocionalmente difíciles como traumas.
En algunos de sus experimentos pidió a los participantes algo extraordinariamente sencillo: durante aproximadamente veinte minutos y varios días consecutivos debían escribir sobre experiencias profundamente emocionales, expresando libremente sus pensamientos y sentimientos.
No tenían que escribir bien ni tenían que construir un relato perfecto, ni siquiera tenían que enseñárselo a nadie.
Tenían que escribir.
Sus investigaciones sobre lo que posteriormente conoceríamos como escritura expresiva mostraron que, en determinadas personas y circunstancias, poner en palabras experiencias emocionalmente significativas podía favorecer su procesamiento psicológico. Estudios posteriores han encontrado resultados diversos —no es una fórmula universal ni sustituye la ayuda terapéutica cuando es necesaria—, pero aquella línea de investigación abrió una pregunta fascinante:
¿Qué sucede cuando conseguimos transformar en lenguaje aquello que durante mucho tiempo solo hemos podido sentir?
Cuando descubrí esto comprendí que llevaba mucho tiempo haciendo intuitivamente algo parecido por necesidad.
Yo no había empezado a escribir porque conociera sus investigaciones.
Había empezado porque mi cuerpo me lo pedía.
Necesitaba dejar de transportar dentro determinadas experiencias de la misma manera.
Y quizá por eso hay algo de sus investigaciones que me interesa incluso más que la propia escritura: el silencio.
Porque entonces la pregunta se vuelve mucho más grande.
¿Qué ocurre con todo aquello que nunca se dice?
¿Qué sucede con las familias en las que durante generaciones se aprende que determinadas cosas no se cuentan?
Familias en las que se oculta.
Se minimiza.
Se cambia de tema.
Se protege el secreto.
Se aprende a continuar como si nada hubiera sucedido.
Nuestros abuelos y bisabuelos pertenecieron además a generaciones en las que sobrevivir significaba muchas veces callar y seguir adelante.
No siempre existían espacios donde hablar del dolor. Tampoco existía el lenguaje psicológico que tenemos actualmente para nombrar determinadas experiencias.
Había pérdidas que no se elaboraban.
Violencias que no se nombraban.
Hijos de los que no se hablaba.
Abandonos que se convertían en secretos.
Mujeres que soportaban.
Hombres a quienes se enseñaba que llorar era una debilidad.
Niños que aprendían muy pronto que había preguntas que era mejor no hacer.
Y la vida continuaba.
Pero que algo no se nombre no significa que deje de tener consecuencias.
Hoy sabemos que las experiencias familiares pueden transmitirse entre generaciones por muchas vías perfectamente observables: estilos de apego y crianza, miedo aprendido, silencios, formas de relacionarse, creencias, roles familiares, maneras de afrontar el estrés y relatos —o ausencia de relatos— acerca de lo sucedido. La investigación sobre posibles mecanismos biológicos intergeneracionales continúa, y conviene no convertirla únicamente en la idea simplista de que heredamos literalmente todos los recuerdos traumáticos de nuestros antepasados.
Pero quizá ni siquiera necesitamos llegar tan lejos para comprender algo fundamental:
lo que una generación no puede expresar puede condicionar la manera en que educa a la siguiente y eso pesa mucho!
Y esa siguiente generación puede aprender a cargar con algo cuyo origen desconoce.
Tal vez por eso algunas familias arrastran dolores que nadie sabe explicar.
No porque exista necesariamente un misterio invisible, sino porque se conocen las consecuencias pero se ha perdido la historia que las originó porque alguien calló.
Y el siguiente aprendió a no preguntar. El siguiente heredó una forma de protegerse.
Y varias generaciones después alguien siente miedo, culpa, vergüenza, abandono o la obligación de sostener a todos sin saber exactamente dónde comenzó aquello.
Hasta que alguien pregunta.
Hasta que alguien habla.
Hasta que alguien escribe.
Quizá escribir no sirva solamente para contar lo que sabemos.
A veces escribimos precisamente para descubrir qué llevamos dentro.
Y eso es lo que la escritura ha significado para mí.
No escribo para quedarme atrapada en el dolor.
Escribo para atravesarlo.
Para separar lo mío de lo que quizá llevaba demasiado tiempo cargando.
Para devolver palabras a lugares donde hubo silencio.
Para poder mirar mi historia sin que mi historia tenga que seguir viviendo permanentemente dentro de mi cuerpo.
Porque callar pudo ser la manera que encontraron otras personas o generaciones para sobrevivir.
Pero nosotros no estamos obligados a seguir sobreviviendo de la misma manera.
Hay historias que comenzaron mucho antes que nosotros y que quizá nunca podremos reconstruir completamente.
Pero podemos decidir qué hacemos con aquello que llegó hasta nuestras manos.
Podemos hablar, preguntar, nombrar y podemos escribir.
Y quizá sanar no consista en borrar lo sucedido ni en conseguir que deje de doler para siempre.
Quizá, algunas veces, sanar comienza exactamente ahí:
cuando aquello que durante generaciones solo pudo ser oscuridad y silencio encuentra, por fin, palabras y libertad.








