Esta noche empezó con una pregunta aparentemente sencilla:
¿de qué sirve todo el trabajo que hacemos para elevar nuestra conciencia durante esta vida?
Si realmente existe la reencarnación, ¿aquello que aprendemos aquí nos acompaña cuando dejamos este cuerpo? ¿Seguimos evolucionando después?
Y entonces me hice otra pregunta.
¿Por qué damos por hecho que todas las experiencias del alma tienen que ser humanas?
Piénsalo.
¿Y si no existieran realmente “almas humanas”, “almas de perro” o “almas de elefante”? ¿Y si el alma fuera simplemente conciencia y fuera el cuerpo —el recipiente que ocupa en cada experiencia— el que determinara cómo puede expresarse?
Quizá no exista esa escalera que tantas veces hemos imaginado:
animal → humano → ser superior.
Quizá existan simplemente diferentes caminos de experiencia.
Un cuerpo humano nos permite experimentar la realidad de una determinada manera. Un perro la experimenta desde otra. Un elefante, un delfín o cualquier otra forma de vida tienen percepciones, vínculos y experiencias que nosotros jamás podremos conocer completamente desde un cuerpo humano.
Entonces pensé en los perros.
Siempre se ha dicho que son “ángeles terrenales”. ¿Y si detrás de esa expresión hubiera algo más profundo de lo que creemos?
Yo no los percibo como seres espiritualmente inferiores. Todo lo contrario. Hay algo en ellos que me resulta extraordinario: su capacidad de volver al amor una y otra vez.
Un perro puede conocer el abandono, el miedo e incluso el maltrato. Puede quedar herido, desconfiar y necesitar tiempo para recuperarse. Pero cuando vuelve a encontrar seguridad y amor, vuelve a confiar.
Y eso me hizo pensar:
¿Cuántos seres humanos conseguimos hacer lo mismo?
Quizá el camino del perro tenga que ver precisamente con eso. Con experimentar el amor, la confianza, la entrega, la presencia, el perdón.
Quizá sean, de alguna manera, almas con fe.
No hablo de fe religiosa. Hablo de esa extraña capacidad de seguir creyendo en el amor incluso después de haber conocido el dolor.
Y entonces apareció otra pieza.
Si el alma pudiera experimentar diferentes formas de existencia, quizá cada una de ellas le permitiera conocer una dimensión diferente de la conciencia. No porque unas sean superiores a otras, sino porque cada experiencia aporta algo distinto al camino evolutivo.
Tal vez incluso llegue un momento en que ya no necesitemos un cuerpo físico para continuar evolucionando. Otros estados de conciencia, otros planos, otras formas de existencia que ahora mismo ni siquiera somos capaces de imaginar.
Y aquí apareció inevitablemente otra pregunta:
¿Dónde queda guardado todo lo aprendido?
Siempre he sentido que nuestra mente contiene algo parecido a archivos ocultos. Información a la que normalmente no tenemos acceso, pero que algunas veces parece emerger mediante una intuición, un sueño, una imagen, una sensación o algo que simplemente “sabemos” sin comprender de dónde procede.
¿Y si algunos de esos archivos no pertenecieran únicamente a esta vida?
Ahí entran para mí la memoria del alma, la conciencia colectiva y los Registros Akáshicos.
Quizá el Akasha no sea una enorme biblioteca situada en algún lugar del universo. Quizá sea algo mucho más parecido a un campo, un éter, una memoria de la existencia, donde la información permanece.
¿Y si Fuente, conciencia y ese campo no fueran cosas completamente separadas?
Quizá seamos expresiones individuales de una misma conciencia experimentándose desde millones de perspectivas diferentes.
Y entonces llegué a la parte que más me hizo pensar.
¿Para qué vivimos todas estas experiencias?
Quizá no venimos a juzgarlas.
Quizá venimos a vivirlas, atravesarlas, aprender de ellas y continuar sin olvidarnos de amar.
Y de repente recordé a Jesús...
Mientras lo crucificaban pronuncia una de las frases más poderosas que encontramos en los Evangelios:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Piénsalo por un momento.
No lo dice cuando todo ha pasado. Lo dice mientras está atravesando el sufrimiento.
Jesús enseñó el amor y el perdón, pero llegado el momento no se limitó a hablar de ellos. Los convirtió en acción.
Y entonces comprendí algo.
El verdugo no tiene cara.
Hoy puede ser una pareja. Mañana un familiar. Después un amigo. Las caras cambian. Los escenarios cambian. Las historias cambian.
Pero quizá el aprendizaje vuelva a presentarse mientras sigamos mirando únicamente a quien ocupa el papel y no aquello que la experiencia viene a mostrarnos.
Mientras permanezcamos buscando culpables y haciendo personal cada herida, seguimos atrapados en el ego.
Cuando dejamos de preguntar únicamente “¿por qué esta persona?” y comenzamos a preguntarnos “¿qué viene a enseñarme esta experiencia?”, cambia completamente nuestra posición frente a lo vivido.
Eso no significa justificar el daño.
No significa permitirlo.
No significa renunciar a nuestros límites.
Significa comprender que lo que otro haga pertenece a su camino; lo que yo haga con aquello que he vivido pertenece al mío.
Quizá por eso el perdón sea una pieza tan importante.
No porque aquello que ocurrió deje de importar, sino porque llega un momento en que ya no necesitamos seguir cargándolo para recordar que ocurrió.
Y vuelvo entonces al perro.
Quizá ellos entiendan de una manera natural algo que nosotros necesitamos toda una vida para aprender.
El dolor puede dejar una huella sin tener que convertirse en odio.
Tal vez evolucionar espiritualmente no consista en saber más, acumular conocimientos o alcanzar un supuesto nivel superior.
Quizá sea algo mucho más sencillo de explicar y muchísimo más difícil de vivir:
atravesar las experiencias que la vida nos presenta, aprender de ellas y continuar nuestro camino sin permitir que el dolor nos haga olvidar nuestra esencia.
Conocer el miedo sin convertirnos en miedo.
Conocer el dolor sin convertirnos en dolor.
Conocer la oscuridad sin necesitar convertirnos en ella.
Y después de todo lo vivido, seguir siendo capaces de amar.
Quizá de eso haya tratado siempre el camino.

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