jueves, 23 de abril de 2026

La voz que no se apaga

Con 17 años viví una experiencia muy cercana a la muerte. Durante unos segundos, mi corazón dejó de latir y, en ese instante, sentí cómo algo en mí se desprendía del cuerpo. Era una sensación de ligereza absoluta, como si ya no pesara nada, como si toda densidad hubiera desaparecido.

Me elevaba por encima de ese lugar, en calma, sin miedo… mientras, al mismo tiempo, podía percibir a las personas que estaban conmigo, llamándome, hablándome, pidiéndome que volviera. Sus voces llegaban a mí como un hilo que aún me unía a este lado. Regresé. De algún modo, supe que no era mi momento.

Desde entonces, la vida adquirió otro matiz. No fue algo inmediato ni dramático, sino más bien un cambio silencioso, profundo. El miedo dejó de ocupar el mismo lugar, y muchos vínculos se transformaron. No desde la ruptura, sino desde un desapego más consciente, más sereno. Como si hubiera comprendido que nada ni nadie nos pertenece realmente, y que aferrarse no es amar.

Si hoy me preguntaran a qué le tengo miedo, no dudaría en responder:
no temo a la muerte. Mi mayor miedo es llegar a mi último día y descubrir que no me fui fiel. Que no viví en coherencia con lo que sentía en lo más profundo. Que elegí callarme, adaptarme o postergar por miedo… por dudas… o por el peso invisible del qué dirán.

Porque hay algo que he aprendido: cuando dejas de escucharte, cuando eliges lo que “conviene” por encima de lo que sabes que es verdad para ti, no ocurre nada de forma inmediata… pero algo dentro se desordena. Y esa voz no desaparece. Permanece. Te acompaña en silencio, recordándote lo que no te atreviste a ser, a decir o a vivir.

No hablo de actuar desde el impulso, ni de lanzarse sin mirar. Hablo de algo más íntimo y más honesto: de confiar en una misma. De sostener lo que sientes, incluso cuando no encaja, incluso cuando incomoda, incluso cuando nadie más lo entiende del todo.

Hablo de dejar de silenciarte por miedo a la opinión ajena, a no cumplir expectativas o a equivocarte. De respetarte lo suficiente como para elegirte, una y otra vez, aunque el camino no siempre sea el más fácil ni el más aplaudido.

Porque al final, lo que más pesa no es el error…es la renuncia.

Es mirar atrás y preguntarte qué habría pasado si hubieras confiado más en ti, si hubieras dado ese paso, si hubieras honrado ese latido que, en su momento, decidiste ignorar.

 Y quizá de eso se trata vivir: no de hacerlo perfecto, sino de hacerlo de verdad.














Si hoy fuera tu último día..¿podrías decir que te has sido fiel?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Volver a uno mismo: El camino que me llevó a crear esta membresía

  Si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que las experiencias más difíciles pueden convertirse en nuestros mayores maestros. Hay vida...