domingo, 12 de abril de 2026

La insatisfacción y ese vacío que no sabemos explicar

Quiero hablar de la insatisfacción.

De ese momento en el que un día te das cuenta de que dentro de ti hay un gran vacío… y no sabes muy bien por qué.

Es mucho más común de lo que parece.
Conozco muchas personas que se sienten así, aunque no lo expresen.

Porque, aparentemente, no falta nada.

Hubo un momento en mi vida en el que pude sentir ese vacío que te traga por dentro, que te lleva a la tristeza más grande… porque además aparece una sensación difícil de explicar: no sientes que merezcas la vida que tienes.

¿Cómo puede alguien que vive en el primer mundo y tiene posibilidades sentirse así?
Y ahí estaba yo, pensando que no merecía mi vida porque no era capaz de valorarla como merecía.

Entonces decidí embarcarme en una experiencia difícil.
Sentía que necesitaba que la vida me “pellicara”, que me devolviera a algo más real. Me fui como voluntaria a un país en conflicto bélico, para tratar de exponerme a la realidad y darme de cara con esa verdad.

Es difícil explicar la sensación de inmerecimiento, pero cuando caminas rodeada de tanques… algo dentro se mueve.

Muchos creerán que era inmadurez, pero no sé si puedo llamarlo así.
Quizás “desconexión espiritual” es más acertado.

Porque eso era lo que, en ese momento de mi vida, me tenía en tristeza.

Con el tiempo también entendí que quizás no hacía falta irse a un país en guerra para darse cuenta de todo esto. En aquel entonces yo solía ser muy radical en mis decisiones, necesitaba confrontarme con la más dura realidad para despertar.

A día de hoy agradezco profundamente esa experiencia, todo lo que vi, viví y aprendí de cada una de las personas que se cruzaron en mi vida me devolvió la vida de alguna manera.

Explico esto porque soy muy consciente de que esto sigue siendo una realidad en la vida de muchos jóvenes… y no tan jóvenes.

Nos sentimos tristes.
Muchas personas no se sienten agradecidas con su vida, con lo que tienen, con lo que son.

Y no siempre se dice.
Muchas veces ponemos buena cara entre nosotros… pero por dentro es otra historia.

Vivimos muy hacia fuera: redes, televisión, estrés, trabajo…
y haciendo eso, cada vez estamos más desconectados de nosotros mismos.

De lo que sentimos.
De nuestro niño interior.

Y ahí, sin darnos cuenta, aparece ese vacío.

¿Qué le diría a alguien que se siente así?

Empieza a escucharte un poco más.
Busca momentos de soledad. Aprende a estar solo. Escribe todo lo que sientes, vacíate aunque nadie lo lea. Camina por el bosque, la playa, ve a la naturaleza. 
Háblate a ti mismo, hazte preguntas y pide respuestas.

Te aseguro que llegan.

En mi caso, algo que me ha ayudado —y que ha sido muy sencillo— es:

Orar.
Dar las gracias por lo que tengo.

Tomarme solo un minuto antes de cerrar los ojos cuando ya estoy en la cama…
y otro cuando los abro.

Parece algo muy pequeño, pero cambia cosas.

Es como ir poniendo un poco de luz en esa oscuridad.
Poco a poco.

Y, sin darte cuenta…
algo dentro se va recolocando.

No todo desaparece.
Pero ya no se siente igual.

Y en ese espacio…
la vida empieza a sentirse un poco más cerca.






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