Ver lo que no se muestra y aprender a no quedarse.
Desde que tengo uso de razón he sentido que mi existencia estaba, de alguna manera, maldecida. Explico esto.
Al empezar a tener conciencia, nació también en mí una “capacidad” de leer a las personas más allá de sus palabras. Y quizá ahora que lees esto puedas pensar: “¡qué guay!”. Pero no. Para nada.
Intento explicarlo.
Imagina que eres invidente. No puedes usar los ojos para determinar cómo es algo físicamente: su color, su forma… Entonces desarrollas otros sentidos más agudos para poder sobrevivir. A eso se le llama adaptación.
Pero en mi caso va más allá.
Es como tener los cinco sentidos… y otro más, silencioso pero constante, que me muestra lo que no se dice. Lo que no se ve. Lo que se esconde incluso detrás de lo que alguien cree estar mostrando.
Como si todos lleváramos un disfraz sin poder vernos realmente, pero yo sí pudiera intuir lo que hay debajo.
Suena interesante. Incluso especial.
Pero no lo es cuando no sabes qué hacer con ello.
Porque ver la realidad de alguien no cambia nada.
No hace que esa persona se muestre tal cual es.
No hace que suelte su máscara.
No hace que actúe desde su verdad.
Y ahí empieza el conflicto.
Hay presencias que, aunque parecen firmes, dejan entrever una fragilidad que no se nombra.
Otras que se acercan con suavidad, pero generan una incomodidad difícil de explicar.
Y entonces sucede algo curioso.
Mi cuerpo responde antes que mi mente.
A veces me quedo… no por lo que hay, sino por lo que intuyo.
Otras veces me alejo… sin poder justificarlo.
Y en ambos casos, algo se tensiona.
Porque lo que percibo no siempre coincide con lo que el mundo ve.
Y lo que el mundo valida… a mí no siempre me resuena.
Ahí es donde aparece el peso.
En ese espacio donde no puedes compartir lo que sientes sin que parezca exagerado.
Ni ignorarlo sin sentir que te traicionas.
Vivir así es habitar constantemente una doble lectura de la realidad.
Es sentir más de lo que se dice… y no siempre saber qué hacer con ello.
Durante mucho tiempo lo viví como una maldición.
Como si ver más implicara cargar más.
Como si sentir más implicara sostener más.
Pero quizá… la alquimia del dolor no consiste en dejar de percibir,
sino en aprender a relacionarte con lo que percibes.
En entender que ver no es intervenir.
Que sentir no es quedarse.
Que reconocer no es responsabilizarse.
Que no todo lo que se revela necesita ser acompañado.
Y que no toda verdad necesita ser habitada.
Tal vez el dolor no estaba en lo que veía,
sino en el lugar desde el que me quedaba.
Y es ahí donde algo empieza a cambiar.
La verdad es que me elijo a mí.
Elijo creer en lo que siento,
en lo que percibo,
en lo que mi intuición me muestra.
Pero también elijo no quedarme atrapada en ello.
Porque no todo lo que veo me pertenece.
Y ahí… empieza mi libertad.

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