Hace un año que mi vida dejó de ser la de siempre.
Durante mucho tiempo pensé que nunca sería capaz de poner en palabras lo que ocurrió...
Hace un año perdí a alguien que, poco después, descubriría que era mucho más importante en mí vida de lo que jamás habría imaginado. Durante este año he sentido rabia, una profunda tristeza, confusión, mucha impotencia y un vacío muy difícil de explicar.
Todo comenzó el día en que descubrí que una parte esencial de mi identidad quizá no era como había creído durante toda mi vida. Hay descubrimientos que no solo cambian un dato. Cambian la forma en la que entiendes quién eres, de dónde vienes, por qué durante tantos años te has sentido de una determinada manera dentro de tu propia familia y la historia sobre la que has construido tu identidad. Cuando eso ocurre, no solo se tambalea una verdad; se tambalea toda una vida.
Los recuerdos, las certezas y la manera en que has interpretado tu historia durante décadas adquieren un significado completamente distinto. Es una especie de duelo silencioso del que apenas se habla. Porque no estás llorando únicamente la ausencia de alguien a quien apenas conocías. También estás despidiéndote de la historia que creías que era tuya mientras intentas comprender cuál es realmente tu lugar. Creo que esa ha sido una de las partes más difíciles de este proceso: hacer duelo por alguien a quien casi no tuve tiempo de encontrar.
Durante mucho tiempo sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies una y otra vez. Era como vivir en caída libre sin saber de dónde me podía agarrar. Y quizá resulte incluso paradójico que sea yo quien escriba estas palabras dedicándome a acompañar a personas que atraviesan traumas, pérdidas y procesos de transformación. Sin embargo, esta experiencia también me ha recordado algo esencial: detrás del terapeuta siempre hay un ser humano, y eso a veces también se nos olvida.
Ningún conocimiento, ninguna formación y ninguna herramienta te eximen de sentir. Porque sentir no es un fracaso. Forma parte de la vida. Forma parte del proceso de crecer. De hecho, hasta el mejor terapeuta necesita, en algún momento, a otro que le ayude a comprender su propia psique y a sostener aquello que también le pesa. Esta experiencia me ha obligado a reconstruir mi vida desde dentro hacia fuera. Ha cuestionado mis creencias, mis valores, mis límites, mi historia, mi identidad y la forma en que entendía mi propio lugar en el mundo. Y, aunque jamás habría imaginado tener que recorrer este camino, hoy doy las gracias por haber tenido las herramientas para atravesarlo con la mayor dignidad posible.
He comprobado que el verdadero trabajo interior no es algo que se hace cuando la vida va bien. Es una decisión que tomas todos los dias de tu vida y que, cuando llega la tormenta, puede convertirse en el único lugar seguro donde sostenerte. También he comprendido que existen lealtades familiares invisibles que pueden acompañarnos durante toda una vida sin que seamos conscientes de ello. Que heredamos silencios, miedos, creencias, patrones y formas de sobrevivir que, muchas veces, ni siquiera nos pertenecen y que, sin darnos cuenta, nos alejan y condicionan quienes realmente somos. He aprendido que liberarse de esas lealtades no significa dejar de amar a quienes forman parte de nuestra historia sino dejar de sostener aquello que perpetúa el sufrimiento y empezar, por fin, a vivir una vida más auténtica.
Y quizá una de las lecciones más difíciles sea aceptar que no siempre son los desconocidos quienes más daño pueden hacerte. A veces, las mayores resistencias aparecen precisamente dentro de la propia familia. Porque no todo el mundo celebra que alguien decida romper un patrón que lleva generaciones repitiéndose. La familia es el primer espejo en el que aprendemos quién creemos que somos. Y, a veces, también el primero que tenemos que cuestionar para descubrir quién somos realmente.
Romper una lealtad inconsciente no solo cambia tu vida. También cuestiona el equilibrio sobre el que otras personas han construido la suya.
Hoy sé que la verdadera libertad no consiste en intentar cambiar el pasado, sino en no permitir que una historia distorsionada y mal contada siga escribiendo mi futuro. Este año no solo he aprendido a reconocer el dolor. Me ha enseñado a atravesarlo, a llorarlo, a escucharlo y a dejar que me transformara. Porque la verdad, por difícil que sea creerla, también puede convertirse en el comienzo de una vida mucho más consciente, más libre y más auténtica.
Quizá alguien se pregunte por qué he decidido compartir todo esto...La respuesta es sencilla.
No lo hago para remover el pasado. No lo hago para señalar a nadie. Ni siquiera lo hago para hablar de un proceso que todavía no ha terminado.
Lo comparto porque he comprendido que existen duelos de los que apenas se habla.
A veces el duelo no nace únicamente de perder a un ser querido. También aparece cuando una verdad sacude tu identidad y descubres que una parte de tu historia quizá no era como siempre habías creído. Y ese tipo de duelo también existe. También rompe.
Ha sido uno de los procesos más difíciles de mi vida, pero también el más catártico. Me ha mostrado algo que hoy siento la necesidad de compartir.
Cuando toda tu vida parece derrumbarse, es fácil sentir que también te has perdido a ti misma. Y quizá, durante un tiempo, sea así. Pero incluso en los momentos más oscuros, existe un camino de vuelta. No es rápido ni fácil. No ocurre de un día para otro. Se recorre paso a paso, con dolor, con mucha conciencia y mucha honestidad.
Por eso comparto este proceso. Porque sé que, al otro lado de la pantalla, puede haber alguien viviendo un duelo distinto al mío, pero sintiendo exactamente el mismo vacío y el mismo dolor. Y quiero decirte que, aunque ahora no lo veas, es posible volver a encontrarse. Que el dolor puede romperte, sí. Pero también te transforma, si te dejas. Por difícil que sea el camino, nadie puede hacer ese trabajo por ti. Porque el regreso siempre empieza desde dentro.
Y hoy, un año después, quiero dedicarle unas palabras a esa persona que se fue, aunque en el fondo sé que nunca se ha ido del todo. Aunque apenas pudiéramos compartir tiempo. Aunque este camino todavía no haya terminado. Aunque aún existan preguntas sin respuesta. Quiero que sepas que, de alguna manera, siempre te siento cerca.
Gracias.
Gracias por permanecer en mi vida, aunque fuera desde la distancia. Gracias porque, sin saberlo, removiste los cimientos de mi existencia y me empujaste a encontrar una versión de mí que ni siquiera pensaba que pudiera existir.
Ojalá hubiéramos tenido más tiempo. Pero incluso así, hoy elijo recordarte desde el amor, el respeto y la gratitud.
Descansa en pau

No hay comentarios:
Publicar un comentario