Por qué el comportamiento infantil depende mucho más de nuestro estado interno de lo que imaginamos
Una de las frases que más escucho en consulta es:
“Mi hijo tiene mucho carácter.”
“Es muy nervioso.”
“Es movido desde que nació.”
“No se calma con nada.”
Y muchas veces esto genera preocupación, culpa o incluso sensación de incapacidad en las madres: “algo estoy haciendo mal”.
Sin embargo, lo primero que necesitamos comprender es algo muy importante:
Los niños no nacen sabiendo regular sus emociones.
Y no es un problema. Es biología.
Un bebé no puede calmarse solo
Cuando un adulto está triste, enfadado o desbordado, puede respirar hondo, salir a caminar, hablar con alguien o intentar pensar con claridad.
Un niño pequeño no puede hacer nada de eso.
¿Por qué?
Porque la parte del cerebro encargada de regular las emociones (la corteza prefrontal) aún no está madura.
De hecho, tarda años en desarrollarse.
Por eso un niño:
- no puede parar un llanto voluntariamente
- no puede controlar un impulso
- no puede gestionar la frustración
- no puede “portarse bien” cuando está desbordado
Cuando un niño llora, grita o se enfada intensamente, no está manipulando ni desobedeciendo.
Está desregulado fisiológicamente.
Su sistema nervioso está sobrepasado.
Y aquí aparece un concepto fundamental en el desarrollo infantil:
La co-regulación
El niño primero aprende a calmarse a través de un adulto.
Sólo después podrá hacerlo solo.
La regulación empieza mucho antes del nacimiento
Solemos pensar que la educación emocional comienza cuando el niño habla o va al colegio.
Pero en realidad empieza en la gestación.
El bebé, dentro del útero, no sólo recibe alimento.
Recibe el estado corporal de la madre.
No recibe sus pensamientos.
Recibe su fisiología.
Su sistema nervioso se va organizando a partir de:
- el ritmo cardíaco materno
- la respiración
- la tensión muscular
- la calma o la alerta
- la sensación de seguridad o de miedo
Es decir, el bebé empieza a aprender cómo es vivir en el mundo a través del cuerpo de su madre.
Por eso algunos niños nacen aparentemente más tranquilos y otros más alertas: no es únicamente temperamento, es la forma en que su sistema nervioso ha aprendido a interpretar el entorno.
Entonces… ¿hay niños difíciles?
Aquí cambia completamente la mirada.
Muchas conductas que llamamos “mal comportamiento” en realidad son señales de un sistema nervioso que no se siente seguro.
Un niño que:
- necesita mucho contacto
- se enfada con facilidad
- no tolera la frustración
- está muy inquieto
- demanda constantemente
- tiene rabietas intensas
no es un niño difícil.
Es un niño que todavía no sabe volver a la calma por sí mismo.
Y esto no se corrige sólo con normas, castigos o explicaciones, porque no es un problema de conducta: es un problema de regulación.
Los sistemas nerviosos no se educan con órdenes.
Se regulan con vínculo.
El niño aprende regulación de nuestro estado interno
Aquí aparece algo que a muchas madres les sorprende profundamente.
El niño no aprende a regularse de lo que le decimos.
Lo aprende de cómo nos encuentra a nosotras.
No de nuestras palabras, sino de nuestro cuerpo.
El niño percibe:
- nuestro tono de voz
- nuestra respiración
- nuestra tensión muscular
- nuestra prisa
- nuestro miedo
- nuestro agotamiento
Su cerebro lee el estado emocional del adulto y lo utiliza como referencia para organizarse.
Por eso a veces sucede algo desconcertante:
puedes hacerlo todo “bien” —explicar, acompañar, ser paciente— pero si internamente estás muy sobrepasada, el niño está peor.
No es psicológico.
Es biológico.
El niño utiliza a su figura de apego como un regulador externo.
Si el adulto está en calma, el sistema nervioso del niño baja la activación.
Si el adulto está en tensión, el niño aumenta la suya.
No es culpa de la madre.
Es funcionamiento natural del vínculo.
¿Cuándo aprende un niño a autorregularse?
Un niño no aprende a calmarse porque se le enseñe a controlarse.
Aprende a calmarse después de haber sido calmado muchas veces.
Primero vive repetidamente:
- brazos que sostienen
- una mirada que tranquiliza
- una voz suave
- una presencia que no se asusta de su emoción
Entonces su sistema nervioso registra:
“Esto pasa… y vuelve la calma.”
Y con el tiempo aparece la autorregulación.
Primero:
Me calman
Después:
Puedo calmarme contigo
Más adelante:
Puedo calmarme yo solo
La regulación emocional es un aprendizaje relacional, no conductual.
La idea importante para las madres
No hay niños malos, manipuladores o imposibles.
Hay niños con sistemas nerviosos inmaduros que necesitan seguridad para organizarse.
Y muchas veces el mayor cambio en el comportamiento infantil no aparece cuando intentamos modificar al niño…
sino cuando el adulto empieza a encontrar más calma dentro de sí.
Porque el niño no aprende regulación porque se la enseñemos.
La aprende porque la siente.
Y durante los primeros años de vida, nosotros somos su lugar seguro mientras su cerebro termina de construirse.
La regulación emocional no se enseña como una norma.
Se transmite como una experiencia.
Nuestros hijos no necesitan padres perfectos.
Necesitan adultos disponibles, suficientemente presentes y cada vez un poco
más conscientes de su propio estado interno.
No significa que sea fácil, ni que siempre podamos conseguirlo.
Soy consciente —como terapeuta y también como madre— de que existen momentos en los que ni siquiera nosotras podemos regularnos.
Pero incluso ahí hay algo muy valioso.
El simple hecho de darnos cuenta ya transforma la situación. Porque cuando podemos reconocer lo que nos pasa, el niño no vive descontrol: vive realidad.
Mostrar nuestra vulnerabilidad también educa.
Les enseña que sentir es humano, que las emociones no hay que esconderlas y que uno puede ser auténtico sin dejar de estar en vínculo.
Durante la infancia nosotros somos su referencia para entender el mundo.
Y, sobre todo, somos su referencia para aprender a habitar lo que sienten.
Con el tiempo, aquello que primero encontraron en nosotros…
acabará apareciendo dentro de ellos.

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